Casa prefabricada con containers y casa container, ambas eran mi obsesión.

Extremadamente tostado por el sol y deshidratado vivía yo machacado de ánimo con mi amigo Cristobal en una casa prefabricada con containers de las así llamadas tal vez casa container y así pasaban los días cuando las horas eran distintas y pescábamos pulpos.

Me daba una vuelta por las tardes y teniendo mucho que hacer le daba vueltas a la cabeza y luego me animaba a cocinar el pulpo con un amigo que era cura y con mi amigo Cristobal que me había metido en gusanillo de la cocina, nos gustaba comer bien porque el pulpo lo hacíamos con la receta de las madres.

Es interesante limpiar bien el pulpo porque siempre queda algo de tierra y ahora se venden congelados pero se quedan muy duros los pulpos congelados y así la gente parece que los compra crudos y apalizados.

A Cristobal no le gustaba el pulpo y se comía una ensalada de patatas en la casa container, en la casa prefabricada porque vivíamos en una casa container de las casas llamadas en singular casa prefabricada container.

Y se me estropeé el ordenador por sacarlo a la calle con todo lo que tenía metido así que me fui a cortrame el pelo con la camisa manchada por el sudor del duro día de trabajo, pero no tenía mucho tiempo.

Y me eché una siesta.

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Por un momento el sol cubre la cumbre de las montañas y en su seño nevado aún puedes jugar con tus manos enjuagadas en la crepitante nieve. Los páramos nevados, allí con deleite se hacen los temas de conversación donde se reunen los ancianos tras el proceloso viaje.

Hoy los puertos estaban cerrados y la máquina quitanieves tuvo que hacer su trabajo en medio del inclemente viento, todo resultó un poco más tedioso y un poco más pesado.

Al regresar a casa pude ver el césped artificial cubierto de una fina capa de nieve-polvo y lo vi brillar incluso en los oscuro cuando la noche cayó.

Luego repasé mis aperos de labranza y las mallas agricultura que las había antipájaros y mallas  antihierbas y también para acoger a caracoles y darles substento y cobijo y también comida y sitio reguardado del frío, caracoles de vivos colores cuyo destino era ser alimento por los más escogidos, ser delicatesen.

Así pasé la tarde sin ver las noticias y a las seis menos cuarto de la tarde dejé de informarme de lo que pasaba en el mundo y gracias a la gente que no hacía nada más que fumar y pedir perdón por ello tuve que ir a trabajar, entre risas enlatadas y animales que comían.

Era mi imaginación la que hacía cosas extrañas pero no creía que fuera nada grave, los animales seguían comiendo afuera de la casa.

De vez en cuando sonidos de ordenadores y de electrodomésticos muy bajitos seguían haciendo reparar en ellos de manera mágica alzando la atención y el Manchester jugaba al fútbol también y lo estaban viendo todos menos yo que tenía que trabajar en la plaza del pueblo, en los bares de las plazas del pueblo.

Y así estuve en la salida del día, con dos amigos también que tenían que trabajar y a mi son, amigos del este de Nueva York que realizaban con aviones acrobacias perfectas y que estaban preparándose para controlar ratas en los gimnasios en la base de las máquinas, y qué caramba, sobresalir entre los demás por sus hábitos de fumigadores de espárragos que tenían mucha piel y daban dolores de estómagos mañaneros, más que las cigarras verdes.

--Esto está ya cocinado--dijo la señora de la cocina.

Y sobre un cristal comimos.

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